Qué no comprar por ilusión
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Este artículo no va de tacañería ni de contener el entusiasmo. Va de que hay seis regalos que se compran con muchísima ilusión y que, al llegar a casa de los padres, crean un problema que nadie va a contarte — porque decir “esto no nos viene bien” a quien te ha regalado algo caro es de las cosas más difíciles que existen.
Todos tienen alternativa, y la alternativa suele ser el mismo regalo hecho de otra manera.
1. El cochecito o la silla del coche
Es el regalo grande por excelencia y el que más veces sale mal, no por gusto sino por compatibilidad: la silla tiene que encajar en su coche —los sistemas de anclaje no son universales—, y el cochecito tiene que caber en su ascensor, en su maletero y en su recibidor.
Los padres suelen haber estado meses estudiando esto.
La alternativa: el mismo regalo, ofreciendo el presupuesto y dejando que elijan el modelo. No pierde nada de generosidad y elimina todo el riesgo.
2. Los muebles
Cómoda, mecedora, estantería, baúl. En un piso de sesenta metros, un mueble grande no se puede rechazar ni se puede colocar.
La alternativa: preguntar si hace falta algún mueble y cuál, antes de comprarlo. Si la respuesta es que no, ese presupuesto rinde muchísimo más en otras categorías.
3. El peluche gigante
Ocupa un metro cúbico, no se usa hasta los dos años, no se puede lavar en lavadora normal y no debe estar en la cuna. Y suele haber tres.
La alternativa: un peluche pequeño y lavable, o directamente libros.
4. La ropa de ceremonia
El faldón, el conjunto de bautizo, el vestido bueno. Se pone una vez, cuesta lo que cuesta y ocupa espacio para siempre porque nadie se atreve a tirarlo.
La alternativa: si hay ceremonia prevista y quieres contribuir, es un regalo que se acuerda, no se sorprende. Y si no hay ceremonia prevista, regalarla ejerce una presión que no siempre se ve desde fuera.
5. Todo lo que dependa de la talla comprado por lote
Diez bodies de la misma talla, un lote de ropa de 0 a 3 meses, el pack completo de recién nacido. Es la compra más natural del mundo y produce la escena más repetida: el armario lleno de ropa con la etiqueta puesta.
La alternativa: dos prendas de la talla siguiente en lugar de diez de la actual.
6. El objeto que exige exhibición
El cuadro con el nombre, la lámina para la pared, el mueble decorativo con la huella del pie. El problema no es el objeto: es que obliga a colgarlo y a mantenerlo colgado, y a explicar por qué no está colgado si no lo está.
La alternativa: el mismo recuerdo en formato que se guarda —una caja, una pieza pequeña, algo que quepa en un cajón—. Se conserva igual y no ocupa pared.
Veredicto
Cómo preguntar sin estropear la sorpresa
Es el miedo real detrás de casi todas estas compras: que preguntar quite gracia al regalo. No la quita, y hay formas que funcionan:
- Preguntar la categoría, no el objeto. “¿Os viene mejor algo para la casa o algo para el bebé?” deja la sorpresa intacta.
- Preguntar a la otra abuela. Suele saber lo que ya hay y lo que falta, y además evita que las dos compréis lo mismo, que es la duplicación más frecuente de todas.
- Preguntar después. No hay ninguna obligación de regalar en la primera semana. A los tres meses sabrás perfectamente qué hace falta y no habrá nadie más regalando.
Y la trampa emocional
Hay un patrón que conviene nombrar porque se repite: cuando hay dos familias, el regalo puede convertirse en una competición silenciosa por quién aporta más. Los padres lo perciben siempre y lo pasan mal siempre.
Si notas algo de eso, la salida más elegante es la que menos se usa: hablar con los otros abuelos y repartir. Uno pone el cochecito y los otros la cuna, o se va a medias en el regalo grande. Resuelve el problema y produce, de paso, el mejor regalo posible para los padres, que es no tener que gestionar la situación.